A ningún lado

Historia, militancia y cultura Queer en Argentina

Ayelén Robledo

12/14/20217 min read

Desde el comienzo dijimos, desde Casa 3 Ediciones, que lo que nos gusta no es atravesar los límites, sino eliminarlos. Ese es el criterio que aplicamos en nuestra vida personal quienes formamos parte de la editorial, la causa que llevó a su fundación misma. Por esto mismo nos resulta imperioso en estos momentos de extrema reescritura de la H/historia, comenzar a publicar sobre nuestro acercamiento al tema que por ahora diré a grandes rasgos es la representación del lesbianismo en la Argentina (considerando lesbi/ana/ano/co/ndad/tud como catacresis porque poco y nada me importa trabajar identidades definidas como conceptos de sexualidad en tanto objeto predeterminado que necesita ser explicado)1, que resulta menos estudiado (ni hablar de publicado) que la homosexualidad masculina .

Hago la doble aclaración de que se trata de un acercamiento por un lado, por haber decidido hacerlo dentro de un marco “académico” pero lejos del rigor científico porque, a mi entender, se trata de un grupo humano demasiado extenso y singular –como todo grupo humano- que impide condensar sus representaciones en categorías pulcramente etiquetables como requiere la ciencia; y por el otro, porque es una “investigación” en curso. Los distintos abordajes se irán sucediendo a medida que vayamos entrando en contacto con materiales y personajes dispuestxs a tender una mano. Llegado este punto quizá sea necesario también dejar asentado que la intención no es llegar a algún lado con las publicaciones. No hay destino determinado, no hay hipótesis a probar, no voy/vamos a dar respuestas. Desconfío de quién se acerca con respuestas en lugar de preguntas. Como mucho, me tomo el atrevimiento de nombrar “esto” como mi primer granito de arena en la lucha para ganarle al intento de borrar el registro genealógico y presente del cuerpo lesbiano.

Feministas, queers y burguesas del Sur

El nacimiento enraizado de movimientos feministas y LGBTQI+ es algo que a esta altura ya no solo no está en disputa, sino que hasta ha sido academizado. Extensos y profundos son los ríos de tinta que se le viene dedicando a la cuestión desde incluso antes de que De Laurentis, Sedgwick o Butler publicasen, y me produce vértigo el solo pensar en la cantidad de afluentes que están siendo escritos en este mismo momento. Sin embargo, en Argentina, los orígenes y participación de las organizaciones lésbicas en/por/para las luchas feministas, parecieran mostrar una obstinación particular en la dificultad para su rastreo. Esto responde a varios factores pero el que voy a intentar abarcar hoy, sin otro motivo más allá del capricho personal, es el grupo privilegiado en que comienzan a emerger las grupas feministas.

La mención de lo lesbiano se hace presente de forma insoslayable únicamente en dos casos: como “responsable” de la fragmentación dentro de agrupaciones feministas cercanas a nuestro tiempo (por posturas opuestas al respecto, no por cuestiones sentimentales), y/o adjetivo descalificativo para cualquier mujer que se asumiese públicamente feminista. Esto último, si bien hoy en día se sostiene (y por los mismos cristianos motivos), en la época de las primeras organizaciones llamaba notoriamente la atención al ir dirigido a mujeres de familias patricias, asociadas comúnmente a un rol defensor de “las buenas costumbres y la moral cristiana”.

A diferencia de lo que ocurrió en Europa y Estados Unidos, no fue en la clase trabajadora donde comenzaron a registrarse las primeras agrupaciones feministas. Digo registrar pensando en los legajos oficiales y como registro histórico de movimientos de protesta no asociados a partidos políticos. La primera fue la Unión Argentina de Mujeres (UAM) en 1936, constituida a partir de las reuniones informales que sostenía el grupo de amigas Victoria Ocampo, María Rosa Oliver y Susana Larguía (apellidazos). Preocupadas por la propuesta de reforma del código civil que pretendía agregar una cláusula donde

El marido era el administrador legítimo de todos los bienes de la sociedad y era su derecho informarse de las gestiones de la mujer. Las situaciones en la que el marido no tenía potestades para intervenir en la administración de los bienes de la mujer se limitaban a los que provenían de la dote (cuando estaban comprendidos en las cláusulas prenupciales), a los adquiridos durante el matrimonio cuando ejerciese una profesión, comercio o industria (para lo que precisaría autorización del marido), a los heredados o los recibidos por indemnización de daños y los que involucraban los bienes de hijos de un matrimonio anterior. (Cosse, 2018, p. 7) (El resaltado es mío).

Decidieron iniciar una carrera militante y difundir con volantes y panfletos (que culminaron en algún que otro arresto) la agrupación. Así terminaron sesionando ya no solo sobre la reforma sino sobre la situación de la mujer en la Argentina en términos globales, alcanzando su punto álgido en política al presentar ante el Poder Legislativo un proyecto de ley para el sufragio femenino en 1948. Dicho sea de paso, es notorio que la pertenencia a la clase alta le permitió a Ocampo entrevistarse con el presidente de la Corte Suprema, Roberto Repetto, quién terminó preguntándole qué interés podía tener ella en el trabajo de la mujer si no tenía necesidad de trabajar… Para ese momento ella ya llevaba casi seis años dirigiendo uno de los órganos culturales más importantes de la Latinoamérica del siglo XX, la revista y editorial Sur. Es este mismo emprendimiento cultural lo que liga definitivamente a Ocampo con las disidencias sexuales (lamento decepcionar si esperaban una mención a los “rumores” alrededor de su hermana menor, Silvina Ocampo). Porque si bien es poco mencionado en los profusos análisis, por no decir directamente que ninguna aproximación crítica postuló “una mirada de conjunto sobre las políticas y éticas de la sexualidad que atraviesan el proyecto de la revista” (Giorgi, Seoane, 2012), lo cierto es que esta se sostuvo sobre la divulgación de un canon queer, posibilitando una visibilidad y reflexión que no era común en la Argentina de ese tiempo. Se publicó a Virginia Woolf, Gabriela Mistral, Victoria Kent, Jean Genet, Vita Sackville West, Alejandra Pizarnik y un pintoresco etc. que podría ocupar varías líneas de este texto. Pero pese a que Sur pareciese invitar y/o cobijar libremente a maricas y lesbianas, en verdad, todo debía responder a la impronta del “buen gusto y decoro” que articulaba la casta que dirigía las publicaciones: no se tematizaba ni politizaba la inscripción de sexualidades no heterosexuales pero se los legitimaba al traducirlos y difundirlos.

Dicho de manera simple: mientras desde las páginas de la revista Victoria Ocampo censuraba a André Gide por el tono de su Corydon y Héctor Murena asociaba el “homosexualismo” a la crisis de la modernidad occidental, las alianzas y los pactos de colaboración disidentes entre sus miembros permitían que Gide, Virginia Woolf y Genet fueran traducidos y publicados (…) Ocampo señala que Genet era un autor muy discutido y celebrado en Francia (lo cual hace justificable que Sur se interese en él), pero al mismo tiempo condena lo que ella ve como “el culto del estiércol como estiércol”. Ahí aparece un límite (…) (Giorgi, Seoane, 2012).

En medio de los tire y afloje de “normas de conducta” para la auto-representación, durante las décadas de 1920 y 1930, se encontraba un grupo de mujeres homosexuales, generalmente ligadas a este alto estrato social (porteño), que se autodenominaba betters (“mejores” en inglés), usando trajes varoniles y peinados con gomina. Eran “mejores” que las demás mujeres que “no lo eran” y/o “no entendían”. Dato de color: el término siguió vigente incluso hasta los años 60, aunque el estilo cambió. Pero por fuera de la excentricidad burguesa, del mundo del arte, la subjetividad lesbiana no era una posibilidad identificatoria ni tan “publicable” ni reconocida. Todavía regían (lo digo con cierta sorna, como si actualmente estuviésemos libres de culpa y cargo), las consecuencias del discurso médico2 que el pensamiento heteropatriarcal alumbró para valer al capitalismo industrial de principios del siglo XX de un método de control sobre el cuerpo del trabajador. Todo comportamiento o afección que de alguna manera perturbase la fórmula reproductiva, era estigmatizado, por tanto acallado. Esto limitaba las opciones de las mujeres a los consabidos roles de madre o prostituta, es decir, defensora del orden republicano o instigadora del caos3. De allí que las primeras consideraciones relativas al lesbianismo queden asociadas a las siempre excluidas de la sociedad, las prostitutas, las únicas mujeres capaces de tener y dar rienda suelta a deseos sexuales (Figari, Geme, 2009). Como dice Julia, una de las entrevistadas para No soy bombero pero tampoco ando con puntillas. Historias de lesbianas en Argentina entre 1930 y 1976 que Madreselva (re)editó este año:

La palabra “gay” no existía. La palabra “homosexual” no nos satisfacía porque muchas veces lo nuestro no tenía nada que ver con lo sexual. Decíamos “gente como nosotros” (…) la discriminación era tal que no nos animábamos a llamarnos de algún modo, era como estar en las catacumbas.

Teresa, otra entrevistada para la misma publicación, aporta:

[…] En Europa me encontré con una lesbiana francesa que era la primera persona que se consideraba a sí misma lesbiana. En mi vida yo no había encontrado a ninguna persona que se llamara a sí misma lesbiana […] Creo que no sabía todavía que la palabra lesbiana existía.

Efectivamente, hasta donde conseguimos averiguar, solo comenzados los 70’ la palabra lesbiana empezó a figurar como una posibilidad de auto-denominación. Pero hablar de eso ahora sería saltearse unas cuantas décadas.

1En criollo: qué, quién o cómo es una lesbiana, lo dejo a tu criterio. 2En el contexto del higienismo en boga en la Argentina del siglo XX, médicos y abogados eran además políticos, pedagogos y criminólogos, es decir, la corporación médica y jurídica eran la palabra (científica) que sostenía la legitimidad del orden discursivo de la Nación. Establecían una lógica de control según la metáfora salud-enfermedad, creando nuevas enfermedades, etiologías y tratamientos. Todo lo que atentase contra el modelo heterosexual entraba en el campo de la enfermedad/crimen. 3A partir del tratamiento de contextos distintos de los aquí enfocados, Nancy Cott (1978) ha sostenido que la “buena mujer” pasó a ser considerada un ser casi angélico, asexuado, responsable no sólo de la procreación sino también de la virtud de los hombres y del buen funcionamiento de la sociedad.

Agradezco especialmente a Paula Risso y Lucía Molinari por la predisposición, el tiempo y el material prestados

Bibliografía citada

  • Cosse, I. “La lucha por los derechos femeninos: Victoria Ocampo y la Unión Argentina de Mujeres (1936)”, Revista Humanitas, vol. XXVI, núm. 34, 2008, pp. 131-149.

  • Figari, C. y Gemetro, F. “Escritas en silencio. Mujeres que deseaban a otras mujeres en la Argentina del Siglo XX (2009)”, Sexualidad, Salud y Sociedad. Revista Latinoamericana, vol. I, núm. 3, 2009, pp. 33 – 53.

  • Giorgi, G. y Lopez Seoane, M. " Surtidos (2012)", Suplemento “SOY”, Diario Página 12.

  • Sarda, A. y Hernando, S. (2021). No soy bombero pero tampoco ando con puntillas. Lesbianas en Argentina: 1930 – 1976. Buenos Aires, Madreselva.