La coéfora

Sobre Mis noches son más bellas que tus días de Andrzej Zulawski

Mauro Zanier

9/27/20224 min read

Lucas: Llegué aquí demasiado tarde

Blanche: No te habrías fijado antes

Lucas: ¿antes de qué?

Las pitias o sibilas eran las portadoras de la visión de los dioses. Su cuerpo como ánfora, receptáculo de la verdad divina, no sólo era cuidado sino que, en diversos modos, era venerado. Algunos creen que encarnaban una semi deidad por el contacto estrecho con lo divino y, por ende, debían ser adoradas; otros, por el contrario, las veían como un mero recipiente, temido pero no amado. Sophie Marceau da cuerpo y ojos a la pitia moderna Blanche, a quien el Lucas de Jacques Dutronc no solo descubrirá furtivamente sino que ligará a su destino de forma irreductible.

Lucas es un programador que va a morir; Blanche es una vidente que no sabe por qué vivir. Lucas tiene mucho que arriesgar; Blanche no tiene nada que perder. ¿Qué es una visión sino un alto en el tiempo que nos dice algo acerca de nosotros, y nos sitúa en un punto desde el cual toda decisión marcará el rumbo? Blanch accede a sus visiones mediante la hipnosis que la ubica en un pasaje perdido de su infancia, acaso donde todo se torció, acaso donde se encuentra la llaga que aún tiene que emanar verdades envenenadas.

Lucas pierde la memoria producto de su enfermedad y esto lo hace desvincularse no sólo de los recuerdos sino de una vida lineal; su historia con baches se va borrando y se va moviendo entre momentos de goce y de dolor. Lucas, al igual que Blanche, accederá a su infancia mediante digresiones que revelarán paulatinamente la muerte de sus padres como signo de pérdida de la inocencia. Inocencia que toma la forma de un conejo de peluche, sucio y maltrecho, que lleva a todos lados desde aquel día.

Las pitias deben su vida al servicio, a la plena conciencia o bien a la libre elección del don. Blanche no quiere saber, no quiere doler, no quiere seguir pero no sabe parar, entonces, como la sibila, se brinda con su cuerpo y con dolor al trance circense ante las personas que se juntan a ver el show. Todos tienen algo que esconder pero el cuerpo que revela es el único cuerpo cuestionado; todos saben que no están diciendo algo, sin embargo se reúnen cada noche a ver si Blanche es el vehículo de la verdad, con la esperanza de descubrir los hilos de la marioneta. Su madre, su marido y todo su entorno, no solo no tienen conciencia de Blanche en tanto persona terrenal sino que se sirven de ella sin reconocer su divinidad. Por el contrario, Lucas se entrega a ella como un niño: con amor y odio, con deseo y con celos, con desesperación y pasión. Lucas sabe que va a morir pero no le importa, le importa que sea real; Blanche accede a la verdad de todos pero su dualidad divina/terrenal la sitúan en una irrealidad constante.

Se dice que las pitias originalmente eran vírgenes a quienes las familias de alcurnia en Grecia y Asia entregaban a los santuarios, pero éstas eran botines de guerra y resultaban violadas en cada guerra por las fuerzas ocupantes. Por este motivo se decidió que los oráculos solo fueran mujeres mayores de cincuenta años a los fines de evitar su rapto y violación. Blanche, durante toda su vida, fue objeto de las vejaciones de su entorno: de la violencia familiar, del abandono maternal, de varios excesos en estado de trance, es por esto que la inocencia infantil de Lucas al consumar su unión, la lleve a decir: esta es mi primera vez. A las pitias, la ruptura de la virginidad no sólo les valía el rechazo sino, en muchos casos, la muerte. Los oráculos sólo deben servir como tales, su vida está dedicada a servir como receptáculo, su humanidad es fronteriza, sino nula.

Blanche descubre en Lucas la puerta que la saca de un templo de dolor, y su visión la lleva a tratar de huir de él. El amor da miedo, cuestiona tiempos, verdades, costumbres; el amor todo lo cubre de un halo que no puede ser ignorado. “El amor significa dolor, mucho dolor” dice Blanche, orgásmica como mujer, doliente como niña. Lucas es programador y su lenguaje se convierte, a fuerza de repetición, en el reposo de su olvido progresivo, de su sintaxis afásica, disléxica, poética, es el remanente de amor y emoción que vence a su olvido. Blanche ríe y llora con Lucas, y el amor entre ambos es tan terrenal que necesita ser llevado al piso. Hay que amar contra las paredes y sobre los pisos, hay que amar en el medio de la calle, a escondidas cerca de todos. La vagina como ánfora suele tratarse como cántaro que no debe romperse; la vida y la verdad deben ser contenidas, pero no para Zulaswki. El cuerpo se rompe como el ánfora, la copa, la vida, el plano. No hay recipiente que contenga un amor que se desborda, solo el mar, siempre el mar. El segundo diálogo entre Blanche y Lucas cobra sentido como profecía inconsciente que revela una verdad como visión liberadora:

Lucas: Tengo que seguir hablando, soy como una bañera, dejando correr el agua.

Blanche: Déjala que corra en mí.