La maternidad como potencia humana

Sobre Petite Maman (Céline Sciamma, 2021)

Flor Delgado

2/12/20224 min read

Mi abuela materna murió un domingo de agosto del año 2018, mientras estaba yendo a verla al sanatorio. No pude despedirme, tampoco sé qué le hubiese dicho, pero me quedé con el ritornelo agridulce que impone el último adiós.

Nunca sabemos el peso que tiene una palabra o mejor dicho, la liberación que nos produce poder decirla, hasta que no podemos hacerlo. Tal como lo señala el índice teórico: la tensión es siempre mayor con lo no dicho.

En las primeras escenas de la película de Celine Sciamma, una niña que perdió recientemente a su abuela materna entra a cada una de las habitaciones del geriátrico donde ella residía, y se despide de todas las compañeras diciendo esa palabra. Lo hace despacio, tranquila y mirando a cada una de las nonitas. Luego por la noche, conversa con su madre en un sillón del living:

- Estoy triste también, no pude decirle adiós…

- Tú siempre dices adiós -le responde la mamá.

- Si pero el ultimo adiós no me salió bien, porque no podía saber que era el último.

- ¿Y cómo te hubiera gustado haberle dicho adiós?

- Así: adiós.

Petite maman cierra un año donde la (otra) maternidad estuvo en la agenda del cine. El filme propone un ejercicio de desdoblamiento por fuera de lo yoico, las culpas y las consideraciones del ego, asuntos que sí estuvieron presentes en el análisis del rol materno del siglo XX. Sin embargo, este enfoque diametralmente opuesto parte la mirada hacia otro arquetipo, construyendo un lugar que existe, pero solo el cine lo puede mostrar: ¿Qué pasaría si una madre pudiese hablar, jugar y estar con su propia hija teniendo la misma edad? La propuesta del filme francés, además de ser paradigmática, la coloca al límite del realismo mágico con toda la potencia que eso representa.

La historia que narra es (poderosamente) simple. Luego del “abandono” temporario de su mamá, Kelly queda al cuidado paterno y se encuentra inesperadamente con su madre-niña en el medio del bosque al lado de la casa de su abuela. A partir de allí, la relación que entablan las dos nenas se transforma: no existen orden, ni jerarquías, ni resonancias adultas, puramente nenas jugando y pasando el tiempo juntas.

El hallazgo de la película (que despliega el tema del duelo y el rol materno) es que no lo hace bajo la mirada de la tensión adulta. Ambas protagonistas madre e hija (niñas) viven ese cruce atemporal de forma lúdica y orgánica. Se encuentran a jugar en el bosque, construyen una choza con ramas secas, teatralizan escenas de cine noir, exploran el entorno, luego van a merendar a la casa materna donde la abuela le sirve chocolate. Las dos conversan de igual a igual sobre la muerte, los miedos, la familia, su padre, la maternidad, todo sin la intervención del mundo adultocéntrico. Por supuesto que, a partir de esta escisión del universo racional, los diálogos están llenos de ternura, inocencia y una profundidad conmovedora. Sciamma logra que la neurosis adulta no intervenga, entonces los hechos encuentran otra lógica por fuera del enredo intelectual y todo lo vedado se expande. Como en toda la obra de la directora, Petite Maman también está conectada con el universo femenino, las sutilezas y el ser, desplegado nuevas posibilidades, aquellas que están siendo cada vez más necesarias ver, sentir y habitar.

Indudablemente entramos en tiempos donde las maternidades son reflexionadas y repensadas por los movimientos sociales, feministas y de perspectiva de género. El contenido audiovisual no quedó afuera del fenómeno, de hecho Netflix estrenó la opera prima de Maggie Gyllenhaal The Lost Daughter (La hija perdida, 2021) (adaptación de la novela homónima de Elena Ferrante) que puso el tema aun más en primera plana (si algo tiene el cine es su capacidad de generar debates) ergo, se llenaron las redes de reseñas y observaciones. En contrapartida, la obra de Maggie está atravesada por el paradigma del siglo XX donde la culpa era uno de los puñales principales del rol materno (la película tiene estos elementos metafórica y literalmente). No obstante, esos elementos actúan patologizando al personaje principal interpretado por Olivia Colman, una madre atormentada porque abandonó a sus hijas de pequeñas, y en la actualidad, continua cargando el peso de esa familia que rompió por seguir un deseo propio. Tan bien representada se encuentra esa lógica maternalista, que hay una familia italiana con tintes mafiosos que irrumpe en las primeras escenas y cuyo fin es recordarle agresivamente todo ese tormento. En el filme de Maggie la protagonista no puede reconciliarse con ese pasado que vuelve para lacerarla y sacar lo peor de ella. Las tensiones transitan sobre el rumeo mental y sus regresiones infantiles que colocan al tema en una profunda densidad e incomodidad.

En expiación la obra de Sciamma es más humana con las fallas maternas, las infancias y esa madre que no abandona, sino que se va porque necesita duelar sola y deja a la niña con su padre. Si bien existen remordimientos y replanteos se toman con otra perspectiva. Cuando Marion le pide perdón a su hija por haberla dejado, ella le responde, ¿perdón de qué? estuvo agradable, cerrando el tema sin dramatismo.

Petite maman es un verdadero ejercicio de amor despojado que la convierte en una obra maestra, una apuesta donde el mundo adulto queda chiquito y reducido a gente que piensa mucho y convalece poco. En cambio estas niñas abren las fronteras de un encanto plagado de momentos lúcidos. Hay un escena donde Nelly le revela a su mamá-niña que ella es su hija, Marión responde con igual inocencia ¿vienes del futuro? Vengo de ese camino detrás de ti- confiesa Nelly- abriendo la matrioska mística de los vínculos entre mujeres. Luego de ese punto de giro, la mamá quiere saber más sobre su vida futura, entonces le pregunta sobre su marido, el embarazo y termina sintiendo lo inevitable, ¿había querido ser madre a los 23 años? Kelly le confirma que fue una hija deseada, a lo que Marion niña responde: no me sorprende porque ya estoy pensando en ti.

Como si fuera poco para esta trompada de ternura que se mete directo al esternón, gracias a este espacio cuántico Nelly vuelve a ver a su abuela y ahora sí puede despedirse. Lo hace con un decir suave y poderoso: el del adiós pronunciado, ese que deja partir amando para trascender en las formas.