La mierda en el ojo

Sobre Benedetta (Paul Verhoeven, 2021)

Nuria Silva

12/14/20212 min read

¿Es una película religiosa? ¿Iconoclasta? ¿Un drama? ¿Una comedia? ¿Es una biopic? ¡Qué importa! Es la última película de Paul Verhoeven, que además de ser y no ser todo aquello, es indiscutiblemente una fiesta. O más bien un carnaval repleto de milagros sucios y brutos, monjas locas, con una Madre Superiora en plan Madama, tetas que acaban como pijas, vírgenes fálicas y un Cristo más Superhéroe que Superstar, conchudo y sex symbol. Verhoeven parece decirnos: no inventaron nada nuevo y escupe broncas contra el nuevo puritanismo en cada entrevista que le hacen mientras se caga de risa sobre el ojo sano que nos dejó Buñuel.

Benedetta está inspirada en la novela de Judith C. Brown Immodest Acts: The Life of a Lesbian Nun in Renaissance Italy (Studies in the History of Sexuality) que describe la vida, las visiones, los supuestos milagros y la sexualidad de Benedetta Carlini, una monja mística y lesbiana criada en el Convento de la Madre de Dios, situado en Pescia al norte de Italia, del que terminó siendo Abadesa durante la contrarreforma. La película inicia con el viaje de la Benedetta niña (Elena Plonka) junto a sus padres hacia dicho Convento, donde es entregada como novia de Cristo por una no tan módica suma de bienes varios. Pero lo que importa, ¿qué hizo el viejo y querido Verhoeven con esta materia? Lo de siempre: filmar una película juguetona, incorrecta y erótica, que no soslaya su postura sobre los temas que encara. Benedetta avanza con el descaro de la comedia mientras va desnudando las distintas caras de la perversión de los históricos (y cíclicos) excesos del poder. Verhoeven nos regresa a la Edad Media de Flesh + Blood (Los señores del acero, 1985) con el soft-porn de Basic Insticts (Bajos instintos, 1992), la mierda de Zwartboek (El libro negro, 2006) y el cinismo de Elle (Elle: abuso y seducción, 2016)

Benedetta desarticula cualquier expectativa de solemnidad desde el inicio mediante una resolución de escena demasiado edulcorada y cuasi inverosímil para la época pero que, a su vez, instala una idea: la mierda en el ojo es sagrada. Es el primer trance místico del que no somos advertidos; a la Benedetta niña algo le pasa y se desvía del trauma hasta el fin. A diferencia de Bartolomea (Daphné Patiaka), su futura amante anche mascota, verdadera heroína de la película, que está plenamente consciente de su cuerpo y de todas sus (en su mayoría terribles) experiencias.

Nada en esta película escapa a lo que el director nos tiene acostumbrados: provocaciones en absoluto gratuitas, la escatología como materia vital, una iconoclastia fascinada por la potencia de la imagen y sexo lésbico atractivo, intenso y celebratoriamente pajero que viene despertando indignaciones propias de otros siglos desde Basic Instict. Están quienes, por otro lado, acusan a la película de ser demasiado liviana marcando aspectos que celebran de otras del mismo director, o le exigen algo que jamás deberían: verosímil. Si bien no tengo dudas de la veracidad de los datos Históricos (más aún conociendo la obsesión de Verhoeven por el tema y la época), me alegra que el holandés siga metiendo mano donde no debe, haciendo lo que se le canta con cada idea que sale o cae en sus manos, y filmando como el autor europeo que sacudió las bases del espectáculo hollywoodense del que jamás renegó.