La pira negra de Tarkovsky

Sobre Andrei Tarkovsky

ENSAYOS

Esteban Galarza

9/12/20235 min read

La jornada terminó. Cumplió con lo estipulado en la grilla de filmación y pudo acostarse en su cama a descansar. Que aquella no fuese su cama ni que pudiese descansar mucho eran detalles que no pensaba traer a su mente esa noche. Siente taquicardia, se ríe satisfecho, sus ojos de infante que nunca se irán de ese rostro surcado de años y preocupaciones. Está contento y quiere respirar un poco más del aire de ese lugar, una humedad neblinosa en uno de los países del extremo oeste de Europa. Respirar Europa, exhalar monóxido de carbono. Aún no lo sabe, pero la molestia en su pecho es la primera brasa del fuego negro que crecerá en él hasta que sea una hoguera declarada en vísperas navideñas de ese año de 1985. ¿Cuántos años le quedan a él o a la humanidad? Tal vez sobreviva a su propia raza si hay guerra nuclear. Tal vez ocurra el milagro de que un exiliado y perseguido político sobreviva a sus verdugos, quienes son regentes de la mitad del planeta, incluida su patria ya lejana.

Ya no sueña más en futuros posibles. Esa fue una opción que abordó en otras décadas cuando se le cerró la posibilidad de revisitar el pasado. Tras la ira estatal por su film sobre un monje histórico medieval, pintor de íconos, aceleró que su nombre se adosara a cuanta lista roja hubiera con Solyaris (Solaris, 1972) film sobre un futuro inasible en un planeta inteligente e incomprensible (goteo a lo lejos).

Le gustaba el futuro pero permaneció un tiempo en él tan solo para volver a su pasado inmediato en Zerkalo (El Espejo, 1975). “Íntima madre mía, ¿cuántos hombres murieron en tu nombre? ¿Cuál de todos ellos es mi padre? ¿Quién volvió de los campos de la guerra: el poeta, el soldado o el mujik? Arseni Tarkovsky, compositor de versos y asesino de fascistas.” Perdió la cuenta de las noches que imaginaba a su padre asesinando nazis a pesar de ser un simple corresponsal de guerra. Pero nada ni nadie es simple en una guerra como aquella. Su padre perdió una pierna, otros perdieron mucho más (su padre gotea nuevamente).

Su mente errabunda esa madrugada en futuros posibles. Si es 1985 significa que en 15 años terminará el siglo que vió nacer a él, a su padre y a su hijo. Un siglo que vió más muertos que vivos no merece mayor consideración, pero le aterra pensar en cuántas personas más se engullirá. Siglo XX Saturno, devorador de hijos (gotea el siglo que no necesita 15 años para acabar con todos, el horror se encuentra en palabras que abarcan algunos días o meses: Somme, Verdún, Passchaendale, Nankin, Stalingrado, Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki, Vietnam, Camboya, Estadio Nacional de Santiago…)

No, no quiere que esas palabras invadan su mente esa noche. Acepta divagar pero bajo sus propios términos. Esa noche celebra el fin del rodaje de Offret (Sacrificio, 1986), la película Jesucristo, la que se ofrece para liberar de todos los pecados del siglo. Su mente repasa las desventuras que implican convertirse en un yurodivy, o Bendito en Cristo. Su arte generó uno, aquel día finalizó la filmación con la transformación final de un personaje que era padre, coleccionista de arte y cultor de civilización, a ser un yurodivy, un loco.

Esculpió la fisonomía de su loco en diversas fuentes: el Príncipe Mishkin de Dostoievsky, el rey Ricardo II de Shakespeare, los monjes budistas japoneses (aún no lo sabe, pero en el otro lado del planeta, Akira Kurosawa está terminando también su versión de Bendito en Cristo en el personaje del rey loco Hidetora de RAN [1985]). Dentro suyo, en su pecho que es una brasa cada vez más potente de fuego negro, sabe que la principal fuente es él mismo consumido por la nostalgia de haber sido expulsado de su cama, su casa, su Patria. Es un ruso sin madre y en tal orfandad lo más cuerdo es perder la mente.

Madrugada imposible, nunca termina, la pira no cesará ya nunca más. Lo que se filma permanece genuinamente por siempre, el fuego, el humo negro, la destrucción. Pero también permanece el tronco del membrillo japonés, las pinturas medievales y el niño que parte del reino del silencio para volver a hablar. Piensa que eligió las palabras correctas para que el niño, el hijo, se expresase: “¿Por qué, padre?” Ese reclamo es un eco del de Cristo: “¡Elí, Elí! ¿Iama sabactani? (¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?)” Pero si Cristo expresa el nihilismo mayor, él recupera la esperanza en la voz del hijo (gotea Cristo).

Piensa en su propio hijo, lo imagina haciendo esas preguntas a sus ojos desvelados. No puede responderlas y el niño sabe que no obtendrá respuestas. Ambos permanecen desarraigados en un exilio infinito. Pero a pesar de no tener respuestas van con fe y humildad a regar todos los días el tronco huesudo. Algún día volverán las flores y volarán con ellos a la Patria, se posarán en los ojos de su Madre. Volverán.

¿Por qué me has abandonado? Caen las lágrimas y no sabe si el dolor es la nostalgia, la enfermedad, o la desazón. Hay que levantar con las propias manos el objeto del deseo, tomar lo que más se ama en el mundo y darlo en sacrificio, así como Abraham con Isaac. Un Dios adecuado para los tiempos que corren, una divinidad posnuclear, generador de paz de reactor nuclear.

¿Por qué me has abandonado? En un mundo loco, solo los locos son cuerdos. Sacrificio es la historia de una nueva alianza. El hombre civilizado que toma conciencia de lo que su civismo hizo con este mundo, despedazó la naturaleza para generar un jardín racional, dibujó mapas ingenuos para luego perfeccionarlos hasta quitarles el misterio, convirtió a brujas mágicas en simples criadas, habitantes de iglesias abandonadas.

¿Por qué, de todas las noches, en esta me has abandonado? Piensa en la pira de todo lo que amó tras restablecer la alianza con la bruja. Salva las vidas de su familia, sus amigos, su hijo, pero perece su lengua, sus objetos y su propio ser. Andrei piensa, entre lágrimas, que el fuego negro que crece en su pecho es del mismo tinte y composición que el que engulló el hogar de su yurodivy. Presiente que no volverá a su madre en esta vida pero acepta su sacrificio si con ello su hijo puede volver del largo exilio.

Al filo de la madrugada repasa un verso de Arsieni Tarkovsky, su padre, que debe estar durmiendo al otro lado de la cortina de hierro:

No creo en presentimientos, y las premoniciones / no me asustan. No huyo de la calumnia o el veneno. No hay muerte en la Tierra. Todo es inmortal, todo. No hay necesidad de temer a la muerte a los diecisiete, pero tampoco a los setenta. La realidad y la luz existen, pero no la muerte o la obscuridad. Todos estamos a la orilla del mar actualmente y soy de aquellos que echan redes cuando un cardumen de inmortalidad llega a la playa.

Caen finalmente sus párpados lacrimosos. Duerme Andrei Tarkovsky un sueño plácido y sin tristezas ya. Duerme el niño y duerme el padre en aquella madrugada europea, a quince años del nuevo siglo de distancia, aunque aquella apreciación no diga mucho del hombre ni de su sacrificio (lejos, se siente la filtración difusamente audible, gotea, gotea, gotea, gotea, gotea).