¿Pata o muslo?

Sobre Killer Joe (William Friedkin, 2011)

CRÍTICASTEXTOS RECUPERADOS

Nuria Silva

8/3/20233 min read

Cuando el hombre se desnuda, se desarma. La mujer por el contrario. Sólo hace falta un plano con un encuadre y trabajo de luz adecuados para dejarlo claro, y las pelotas de un tipo como Friedkin para filmarlo. No porque se trate de un desnudo frontal femenino que ocupa media pantalla, sino por todo lo que esa maraña de pelos encarna. Killer Joe es una animalada porque de animales se trata; animales de carga, domesticados y listos para el sacrificio. Friedkin, la bestia indomable tras la cámara, sabe de géneros y utiliza códigos inmanentes al terror para inscribir la naturaleza taumatúrgica, liberada, de la condición femenina. La violencia que se aplica contra ella es directamente proporcional al miedo que su poder genera. Esta génesis amenazante se manifiesta apenas iniciada la película en un gato negro (y suelto) que representa la felina complejidad de la mujer, además de la apremiante condena sobre estos perros encadenados que ladran pero no muerden. Pesadilla de emancipación para una sociedad asentada en valores patriarcales declamados mediante la fuerza bruta, en un árido sur americano donde se doman toros, se come pollo frito y se sobrevive a duras penas.

La coyuntura político-social histórica del sur estadounidense es exhibida en su costado más bárbaro con un agudo sentido del humor (y del horror) que no nos permite acomodarnos nunca, y nos somete a la engorrosa pero divertida tarea de poner a prueba nuestros límites. Friedkin no es un director que haya buscado jamás apañar al público y supo mantener viva la rebelde crítica setentosa, al contrario de muchos de sus contemporáneos que fueron aplacando sus discursos y formas. Desde los primeros minutos de película sabemos que los personajes están condenados de entrada, pero no al potencial fracaso del plan que traman sino al fracaso en el que ya están instalados, parias de un país en el que prima una exitoína a la que sólo pueden aspirar recurriendo a métodos ilícitos. Este adusto cuento incluye madrastras con dobles intenciones, un padre sin pantalones, dos hermanos sin migas de pan que seguir y una madre (o una bruja, o ambas) que debe ser eliminada para lograr algo cercano a un final feliz.

Para que esto sea posible aparece Joe, representado por el mil veces explotado como galán de comedia romántica Matthew McConaughey, un detective que lleva una doble vida como sicario y que deviene en príncipe azul franqueable por el costado menos esperado: su sensibilidad. Pura cháchara como dirían las abuelas. Joe se compone de detalles que sustraídos dejan en evidencia a un niño más del montón buscando una princesa a quien desposar. Esa princesa es Dottie, benjamina ignorada o subestimada por su entorno en virtud de un aparente retraso mental, producto del infructuoso intento de su madre por asfixiarla cuando era apenas un bebé, pero poseedora de capacidades sobrehumanas perturbadoras. Ella es la única beneficiaria de la póliza de vida de Adele, omnipresente figura materna de la que sólo obtendremos una mirada acusadora que no consiente arrepentimiento alguno. Chris, el hijo mayor de la familia y tácito amante de su hermana, es el impulsor principal de la trama sobre la que se desarrolla la película: asesinar a la vieja para cobrar la guita. Contratar a Joe conlleva entregarle como seña a la virginal Dottie hasta que el pacto se cumpla y puedan pagarle el monto correspondiente por la sucia tarea, relación que deriva en algo bastante parecido a un patrón de residencia posnupcial.

Repleta de simbología religiosa, la puesta en escena representa sagrarios espacios íntimos que transfiguran cualquier sentido de pureza (el amor, la castidad, la inocencia y la familia), consolidando el infierno que circunvala a los protagonistas. La palabra ‘hell’ es pronunciada en momentos significativos que lo rubrican, hasta culminar en una última cena que contrapone la violenta naturaleza de sus participantes con la insigne hospitalidad sureña, incluyendo un anómalo pedido de mano y una agridulce noticia. Los últimos minutos de la película son muestra suficiente del desafiante ingenio de Friedkin, al que probablemente acusen de misoginia y otras necedades, que filma sin reparo una de las escenas de mayor crudeza en la historia del cine, a prueba de susceptibilidades y que va a dejar a más de uno inapetente de pollo por un buen tiempo.