Polin (no) canta en inglés

Nuria Silva

8/22/20223 min read

1. “Che, Polín, cantá en inglés”, dice un pibe de aproximadamente once años desde una de las camas de la sala de enfermería donde se encuentra junto a otros compañeros del reformatorio. Todos ellos condenados antes por pobres que por criminales. Polín mira hacia afuera. “Después. No tengo ganas”, responde y su voz acorta la distancia que lo separa de la ventana a la que apenas llega con sus ojos. Dice que tiene fiebre pero padece una ilusión de libertad. El paisaje, sin embargo, no se ve prometedor; se atisban muros y ventanas que devuelven la mirada desde el otro lado del laberinto institucional.

Más temprano que tarde, Polín raja de la jaula donde sin visitas no hay comida, donde los chicos enferman de soledad, se agarran a las trompadas, juegan, fuman y les regalan besos tristes a las divas italianas que salen en revistas. Afuera lo espera la vida invisible en los márgenes. Raja, roba, come y le devuelve a la noche fría en la villa una meada caliente que se dibuja en el aire, ese milagro cinematográfico al cual Favio siempre rindió pleitesía. En los pasillos de la villa también hay sombras contrastadas y peligros, pero la familiaridad convierte a los monstruos en espectros abatidos.

2. Polín se aleja de la villa en el mismo momento en que se confirma la muerte de uno de sus vecinos y la sospecha de un asesinato con implicancias políticas queda flotando en el aire. El corte de montaje casi disruptivo nos lleva hasta un Chaplin callejero rodeado por transeúntes divertidos. El paisaje y el registro cambian, pero las escenas se espejan: en la villa las personas se agrupan alrededor de la tragedia, en la ciudad alrededor de la comedia. Lo que funciona como sutura es la huella de aquella duda. El pibe de Favio devuelve el gesto chaplinesco con cierta prepotencia canchera y otra vez se aleja, marchando seguro y tierno, hacia el río.

Polín se tira en el pasto, balbucea unas palabras en inglés y cierra con un “ok, baby” bien atorrante antes de fumar lo que queda de un pucho que encuentra tirado. Canta a solas sin que se lo pidan, pero la paz bucólica dura menos que el faso ya que el paisaje de golpe se ve congelado por el trauma. La secuencia entera se desarrolla con extrañeza por su elaboración formal que aventura una poética donde sólo cabría horrorizarse. El horror es algo más que ese fuera de campo en el cual sabemos que otros pibitos están violando al amigo de Polín, el más atildadito, el más educadito, pudoroso, el más inocente de todos; es incluso más que lo que paraliza y avergüenza a Polín. Es eso que organiza cada espacio hasta dejarlo todo infecto y corromper toda inocencia posible.

Otro corte abrupto nos devuelve a la villa y la voz oficial de la justicia informa a la viuda que la muerte de su esposo fue accidental, una caída, que no se cometió atentado alguno, que no habrá autopsia ni salida. “Seguro estaba borracho” había arriesgado el amiguito de Polín antes de irse para el río y así, en este pequeño personaje, se condensan distintos modos de invasión: física, territorial e ideológica.

3. Polín sueña con el caballo de Fabián, el fiolo encantador del barrio (encarnado por el propio Favio) quien más que figura paterna podría ser un hermano mayor. Le promete que, si junta la guita necesaria, se lo vende. Pero Polín sabe que su realidad es otra, así que decide ir por el caballo en medio de la noche fría mientras Fabián está distraído haciendo unos mangos con la necesidad de un cuerpo caliente.

Caballo y pibe avanzan por las calles nocturnas con inocencia, de a ratos caminando, de a ratos trotando. Polín sonríe como nunca en toda la película y mira al animal con amor. Inspirado por este atisbo de libertad vuelve a cantar en inglés y cierra con aquél “okay, baby” bien atorrante que otra vez pareciera funcionar como llamado a la desgracia. Apenas termina de decir la frase, la sonrisa de Polín desaparece hacia el fuera de campo, la cámara realiza un brevísimo travelling en retroceso que transmite el vértigo del protagonista; el contraplano es el contrapicado de un cana con ceño fruncido. “¿Qué hacés con el bicho ese?”, pregunta como si importara la respuesta. “Jugaba”, dice, antes de entrar en una lucha dispar donde lleva todas las de perder. Polín se refugia bajo el caballo gritando pero el rati lo saca a las rastras, le exige que se porte bien con un tono falsamente paternal y se lo lleva agarrado del pullover viejo y agujereado que no debe ni abrigar. Polín nos mira, rompe la cuarta pared y ahora es él quien nos exige que hagamos algo antes de ser devuelto a la jaula donde se enferma de soledad y hambre; nuestro pibe sin chalupas, sin bigotes ni risas.