Querer quedarse queriendo irse

sobre Possession de Zulawski

Mauro Zanier

9/4/20225 min read

De muchas formas y atentando contra el sentido común —que no tiene nada de sentido y menos de común— podemos decir que esta película es una película sobre el orden. Pero claro, el orden como elemento se emparenta con su opuesto complementario natural: el desorden. Por eso pensar a Possession (Posesión, Andrzej Zulawski, 1981) como una película sobre el orden, supone también pensar que se puede abordar la misma desde sus antípodas, y esto es lo que hace Zulawski. Berlín dividida, Berlín custodiada, Berlín fría, Berlín desierta. La ciudad es acaso el marco donde operan nuestras criaturas. Tenemos toda una ciudad para ellos y nosotros. Mediante planos secuencia y tomas de duración excesiva, las cámaras de seguridad persiguen, espían y fagocitan a nuestros protagonistas.

La angustia y la devastación personal se manifiestan en la durabilidad de los planos, en los colores fríos que inflaman la pupila, en el violeta constante, en el cian que todo lo domina, en el rojo que como la sangre todo lo cubre; en la ropa, las calles, el sexo y la comida. Un raccord quebrado sustenta su unión en la tensión de la ruptura. La cámara sobrevuela y observa. Los planos secuencia tratan de sostener la ausencia de sentido a fuerza del registro actoral. La trama reposa más en disparadores que en elementos claros que respondan a una estructura. El género sobresale mediante un corpus material que se ve superado por su corpus psicológico y rompe con las estructuras de un género posible; las estructuras caen pero el plano se mantiene. La tensión del montaje, el valor de un primer plano y la necesidad de una trama naufragan ante un holocausto del acontecer. Todo elemento de la puesta es discusión, todo parecer es subversivo, todo sentimiento, macabro.

Mark (Sam Neill) es un agente que regresa de una misión secreta y trata de recomponer su vida familiar, pero se encuentra con que su mujer, Anna (Isabelle Adjani) ha decidido comenzar no una, sino dos aventuras. Pero, sobre todo, ha decidido romper con el matrimonio. El sentimiento que domina a Anna, la frustración, el dolor, la pulsión sexual, la pulsión de muerte, son todos sentimientos, todas sensaciones, todos elementos del mundo interno de los personajes. Pero en este Berlín demarcado por una muralla que divide la ciudad, en una guerra de posiciones y de apariencias, ha conseguido engendrar un sentimiento de sublimación a través de la exteriorización del yo más inconsciente. Acaso la cadena se ha roto por el eslabón más débil. Eros y tánatos han salido de la forma menos placentera posible a desquitarse. Anna y Mark consiguen exteriorizar lo más profundo y decir lo indecible, pero este accionar no es propio de las convenciones. ¿Cómo se filman los celos? Quizás por esto la película rompa con todas las convenciones. ¿Cómo se filma la locura? Acaso de un modo demente. Por eso, hablar de excesos es tan vacuo como descriptivo en Possession. No es una locura kitsch, la locura y el exceso rebasan por la permanencia en el plano, por lo desahuciado de la forma que se sublima en espasmos; espasmos que recorren los cuerpos. Darle vuelta a una idea, una mínima idea que aliena a los protagonistas y los dan vuelta físicamente. Por eso, quizás, deambulen el espacio físico del encuadre sobre los restos de aquello que chocan o destruyen a su paso.

Dualidad de la locura, del odio y la muerte, dualidad de personajes que operan como dobles de sí mismos. Los planos los albergan dentro de espejos; entran y salen del vértigo como de la proyección de la cinta que Mark mira. Los medios de transporte no median, el metro no lleva a ningún lado. Los personajes no completan sus viajes, no tienen a dónde llegar. La película es un completo deambular, por los planos, por la vida, por la demencia. En este sentido, Zulawski acierta en la elección de una cámara que, como los personajes, deambula constante y demente, flotando, corriendo y chocándose con un montaje de planos que no tienen correspondencia con el anterior ni con el sucesor.

Acaso Anna combata el amor y la relación marital con Mark; acaso Anna combata el lugar común del amante con Heinrich (Heinz Bennet) sin embargo, esto es algo más que un simple amorío. Mark contrata a un detective (Carl Duering) para que la siga, pero este Berlín esconde mucho más que una relación extra marital, entonces resolver la persecución con más persecución solo puede vaticinar una presión que explota en los planos. Mark entonces tratará de refugiarse en su hijo Bob y en su maestra, Helen (también Isabelle Adjani) que aparece como una visión, un alter ego de Anna o su versión idílica, vestida de blanco y cordial, cuidando a Bob y dispuesta a quedarse.

Pero Mark quiere a Anna, también Bob quiere a Anna ¿y Anna? Anna queda presa de su propia elección, deambulando entre su amante secreto y su casa. Heinrich en verdad no tiene sentido; Mark abandona en cuanto comprende que es sólo una imagen, acaso el comienzo de la digresión de Anna pero jamás su fin. Mark renuncia a seguir tras él pero no así a su resentimiento. Fuera de esta realidad, Heinrich aparece reclamando un sentido, una forma, una realidad que los exceda, casi proponiendo una sociedad, un trío sexual estereotipado y fatuo, libertino y burgués. Heinrich puede poseer lo que quiera pero no tolera ser rechazado, por eso llegara al lugar mismo donde Anna ha construido —fruto de su desesperación y su perturbación— un ente con tentáculos que la posee y la fagocita, que la coge y sublima sus deseos más profundos. Sus necesidades, sus sueños y anhelos han cobrado "vida" en la forma de una criatura pestilente y chorreante. El amor puede corromperse al punto de llegar a transformarse en una criatura que succiona la libido, la lucidez, la fuerza y la vida.

Anna se deshace de Heinrich casi en complicidad con Mark, dado que uno y otro lo guían a su fin y lo liquidan. Anna y Mark no terminan porque este vórtice de desenfreno y locura es una creación conjunta; son uno el anverso del otro. Aquella criatura no es más que el producto de la castración del deseo, por eso Anna se refriega ante la imagen de Cristo como pidiéndole una explicación, pero el señor pétreo en su altar solo promete dolor y espinas. Los celos enfermos se materializan. Mark se corta al igual que Anna. El dolor espiritual y mental se torna dolor físico: una discusión de pareja equivale a picar carne. Una carne de deseo, de amor, de sexo; carne putrefacta y asquerosa que todo lo cubre. El cuerpo soporta en la carne el amor, el odio y los celos. La posesión es demoníaca pero también terrenal. Anna está poseída por su criatura, pero también le pide a Mark que la posea.

Los celos son un tumor, una aberración que toma forma y se coge a tu mujer. Por eso golpearla y castigarla son apenas ridículas pretensiones de restituir un orden ¿Quién puede flagelar un cuerpo que se flagela así mismo? Anna necesita huir de sí misma y Mark solo puede morir o sucumbir ante la posesión. El monstruo de Anna es el propio Mark que la posee y la aliena. Mark, finalmente posesor, vuelve al hijo que ha dejado con Helen. El primer plano del final nos revela que Helen, la mansa y tierna Helen ha sido poseída como acaso también nosotros espectadores.