Veinte años no es nada

Un corto viaje sentimental desde The Royal Tenenbaums (2001) a The French Dispatch (2021)

Nuria Silva

6/20/20224 min read

La primera película que vi de Wes Anderson fue The Royal Tenenbaums (Los excéntricos Tenenbaum, 2001) al momento de su estreno, y a decir verdad hasta ese momento no había experimentado nada igual en pantalla grande. Por supuesto que me faltaba ver muchísimo, mi cinefilia empezó a nutrirse en profundidad atravesados mis veinticinco años. Todo lo visto hasta entonces carecía de jerarquías, autores, cánones y otras categorías. Quizás me faltaba lectura crítica. No es que no leyera, empecé a comprar revistas especializadas a mis diecisiete, pero del mismo modo en que no me interesaba sistematizar lo que veía tampoco me interesaba demasiado en aquello que 'había que leer'. Confieso que además un poco me perdía entre citas, términos técnicos, académicos y estructuras de análisis a veces enrevesadas y elitistas, siempre fui un poco bestia. ¿Para qué leía entonces? Para armar listas interminables de 'películas para ver' en un cuaderno aparte con el cual iba al video club de mi barrio para alquilar indiscriminadamente. Por la naturaleza de estas publicaciones las sugerencias eran muchísimo más amplias y enriquecedoras. De los textos en sí, me interesaban menos las roscas críticas con sus diálogos cerrados, endogámicos y en muchos casos aleccionadores, que las escrituras que irrumpían en medio de la discusión con la poesía que se desprende de la emoción de ver una película como quien mira el mundo por primera vez.

Cuando vi The Royal Tenenbaums sin dudas estaba viendo un mundo por primera vez.

Después, ese mundo se fue tornando conocido en el peor de los sentidos, como se vuelven conocidos los vicios del otro en convivencia o como se vuelve conocido el propio tedio en soledad. Y lo cierto es que todavía hoy, habiendo superado varias de aquellas limitaciones, no consigo discernir a ciencia cierta cuándo o cómo logro conmoverme en el universo andersoniano, con sus planos hiper centrados, barrocos, milimétricamente organizados, con sus incalculables coordenadas artísticas, culturales y epocales que tienden a embolarme. No sé bien cuándo sus personajes dejan de parecerme marionetas o piezas de encastre dentro del entramado estético de su cine, para pasar a ser criaturas sentimentales, frágiles y queribles.

Intentar explicar lo que me emociona del pequeñísimo cumulo de películas que lo consiguen (como The Royal…, Moonrise Kingdom, Isle of Dogs y The French Dispatch) me lleva a descubrir instantes que de a ratos iluminan y sacuden la disposición de un encuadre o de toda una escena. Como me interesa cada vez menos elaborar teorías sesudas y cada vez más nombrar lo que me lleva al amor y a la ternura, una enumeración que dé cuenta de estos instantes dentro de la fábrica visual de Anderson definitivamente debería incluir, de The Royal…, a Mordecai volando al compás de Hey Jude; a Margot (Gwyneth Paltrow) apoyando la cabeza en uno de los ladrillos de la terraza en lugar de hacerlo sobre el hombro de Richie (Luke Wilson); a Pagoda (Kumar Pallana) en todo momento; al derrotero promiscuopunk de Margot y la conclusión final de Raleigh: “she smokes”; a la presencia de Seymour Cassel; a la sonrisa de Gene Hackman; a los ojos llorosos de la Huston; al reñidero y los taxis gitanos. Todas estas cosas me hicieron llorar a mares cuando me senté a verla de nuevo hace un par de noches atrás, justo antes de seguir con The French Dispatch (2021) que tenía pendiente gracias a varias recomendaciones. “Una formalista como vos, debería verla”, me dijo un amigo. Y le hice caso, pero sólo para confirmar que lo que me emociona en el caso de Anderson excede este aspecto de su trabajo, estimulante en otros aspectos.

No quiero enredarme. Quiero decir que cuando finalmente vi The French…, no sé si porque venía sensibilizada por los Tenenbaum o qué, lo que me pudo fue el hallazgo de momentos y gestos similares: la cabeza de Moses (Del Toro) asomando por primera vez tras el atril; el movimiento de las manos de Simone (Léa Seydoux) a la altura de su pelvis; los llantos incontenibles e involuntarios de algunos pocos personajes, que se rebelan contra el axioma casi tanguero del patriarca Arthur Howitzer Jr. (Bill Murray): “no se llora”; la máscara de gas que no puede contra las lágrimas de amor de Lucinda Krementz (Frances McDormand) y el nudo en la garganta final.

Se me dió por pensar que Anderson llega a la ternura cuando la descubre donde no se organiza; la encuentra en el corazón de 'los monstruos', de los padres y abuelos irresponsables, de los artistas delirantes, de los drogadictos desesperados, de los hijos deprimidos y de las mujeres solitarias que pululan por sus casas de muñecas y maquetas. La belleza se convierte en una prisión desde esta perspectiva. Cuando asoma la chance de reventarla desborda la sensibilidad, pero Anderson jamás va a entregarse al caos de sus motivaciones. Como director, todo lo controla; organiza hasta las pocas lágrimas que vemos caer y a su vez juega a calcular cuándo vamos a derramar las propias. Pero ojo que a veces extrae algo muy verdadero de sus procedimientos y el pinchazo llega a través de la hermosura.

Tal vez, si somos un poco bestias, no podamos resistirla.